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El turismo y la utopía

El vapor Río Salado del Sud al llegar a Chascomús.
Grabado de Fernando Pérez de Burgos.

Hay un texto mítico de Rodolfo Walsh que nunca se llegó a conocer y que todavía muchos siguen buscando. Ese texto, según cuenta Ricardo Piglia, fue primero el plan de una novela para la cual el editor Jorge Álvarez le pagó durante meses, y que Walsh abandonó en 1968 para meterse a dirigir el semanario de la CGT de los Argentinos. Después el plan derivó en un cuento que Walsh llegó a escribir y que se llamó Juan se iba por el río. Contaba la historia de un tipo que, en el siglo XIX, aprovechando una bajante fenomenal del Río de la Plata, decide cruzarlo a caballo. El cuento nunca se publicó porque fue robado por la dictadura militar. Hay quienes creen que podría estar todavía perdido en un depósito, o en el cajón del escritorio de algún represor.

Hay, por otro lado, un texto olvidado de Carlos Antonio Moncaut que cuenta la historia real del barco a vapor «Río Salado del Sud». En 1857, después de inundaciones nunca antes vistas, ese barco navegó por la llanura pampeana desde la bahía de Samborombón hasta la laguna de Chascomús. La hazaña fue eventualmente encontrada y magnificada por Mariano Llinás, que la incorporó a su universo estético de historias extraordinarias de la pampa.

Ambos textos, el de Walsh y el de Moncaut, funcionan como el reverso perfecto del otro. La inundación y la bajante. El barco a vapor y el hombre a caballo. La llanura y el río. Pero sus anécdotas invertidas muestran en esencia el mismo relato: la utopía del viaje imposible. Imposible no por el destino lejano ni por las dificultades del camino. Se trata de lugares mil veces recorridos. Es imposible porque atraviesa el mismo lugar de siempre, conocido hasta el hartazgo, de una manera distinta y extravagante, haciendo aparecer cosas nunca antes vistas.

Pisar el lecho del río que se cruzó mil veces, galopando entre los restos hundidos de las personas que lucharon y de los barcos que comerciaron. Navegar por el agua tranquila que cubre la llanura, deslizándose suavemente por encima de los pastizales, de los cercos y las espinas.

Ambas historias son del pasado. Esto es muy importante. Es como si la aventura fuera algo que se perdió para siempre, algo imposible a partir del siglo XX. El transporte moderno, la domesticación del territorio, la circulación forzada de las personas como expresión de un sistema de producción específico, el turismo como forma extrema de mercantilización de la idea de viaje, todo esto destruyó cualquier concreción posible de la aventura. La aventura es una idea precapitalista.

La utopía, entonces, es experimentar los mismos lugares de siempre pero fuera de las relaciones sociales de opresión. No es descubrir el paraíso lejano y desconocido; es transformar el infierno de todos los días en ese paraíso. Es negar las relaciones sociales que nos obligan a transitar el mundo de una manera ya definida. Y la aventura, por lo tanto, es el viaje en el que se escapa de la opresión. La aventura es la manera en que se experimenta, al menos por un momento, la libertad.

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El turismo y los insectos

Leo: “Al alma probablemente le siente bien ser turista, aunque sea solo muy de vez en cuando. No digo que le siente bien de una forma refrescante o iluminadora, sino más bien de una forma sombría, severa, estilo ‘Miremos los hechos con franqueza y encontremos una forma de abordarlos’ ”.

Hace dos años, yo estaba en El Calafate. Estaba con mi compañera. Era de noche y se largó a llover y nos refugiamos bajo el alero de un negocio. En esa circunstancia, escuchamos a una pareja, parada bajo el mismo alero, que, en conversación con dos italianos, enumeraba los distintos lugares del mundo que habían conocido juntos, en un tono entre orgulloso y ansioso. Apenas podían detenerse en la descripción de un lugar, que ya estaban nombrando otro. Los italianos, desbordados, intentaban sin éxito colar algún comentario. La escena resultante era algo entre cómico e insoportable.

Leo: “Mi experiencia personal no me ha demostrado nunca que viajar por el país amplíe mis horizontes o resulte relajante…”

Hace dos años, yo creía que me gustaba viajar. O, mejor dicho, me gustaba viajar. Lo que no tenía demasiado claro era por qué me gustaba. Yo, lo admito, me veía distinto de aquella pareja que estaba bajo el alero del negocio. Yo (y mi compañera, porque, en realidad, los viajes siempre los hice con mi compañera, y es imposible pensarlos sin ella) pensaba que el hecho de dormir en una carpa y no en un hotel, que la circunstancia de viajar a dedo y no en avión, nos convertían en algo así como viajeros de verdad, aventureros reales.

Leo: “… sino más bien que el turismo… resulta radicalmente constrictivo, y humillante de la peor forma…”

Sin embargo, algo ya sospechaba. Y, consciente o no, las pruebas de mi sospecha están en que me interesé por condiciones de viaje cada vez más precarias. Como si la improvisación, la fragilidad y el riesgo fueran las armas, o las esperanzas, para combatir a un mundo cada vez más convencional, más imitativo de sí mismo.

Leo: “Ser un turista de masas equivale a convertirse en un puro americano de los tiempos que corren: foráneo, ignorante, codicioso de algo que nunca se puede tener y decepcionado de una forma que nunca se puede admitir”.

Pero, más allá del cierto consuelo de esperar en una ruta, del innegable alivio de caminar en soledad por la montaña (y es que, a esta altura, el solo hecho de pensar en una reserva de hotel o en una excursión con guía me trae el vómito a la garganta), el problema sigue siendo el mismo. Es más: si se quiere, hasta es razonable pensar que una buena cuota de esnobismo se esconde en viajar como mochilero cuando uno tiene el dinero suficiente para hacerlo de otra manera.

Leo: “Implica estropear, en virtud de la propia ontología, la misma cosa no estropeada que uno ha ido a experimentar”.

Por no mencionar que, en realidad, cargar con mochilas es algo incómodo y bochornoso, que trae fastidio el noventa por ciento del tiempo y que solo brinda satisfacción cuando uno llega a un lugar con la sensación exaltada de “misión cumplida”.

Leo: “Implica imponerse a uno mismo sobre lugares que en todos los sentidos menos el económico serían mejores y más reales si uno no estuviera”.

Y ahí está la clave del asunto. “Misión cumplida”. ¿Misión cumplida de qué? La fórmula misma está basada en la idea de que viajar es simplemente acumular kilómetros o lugares (de los cuales muy pronto nos vamos a olvidar hasta de sus nombres), de que es imperioso fotografiar todos los detalles hasta el infinito para luego poder atormentar a los amigos (y a nosotros mismos a través del recuerdo en voz baja, del recuerdo de antes de irnos a dormir) con descripciones aborrecibles del estilo “una montaña increíble” o “un río azul como no te das una idea”.

Leo: “Implica, en las colas y en los atascos y en las transacciones sin fin, afrontar una dimensión de uno mismo que resulta tan ineludible como dolorosa: en tanto que turista, te vuelves económicamente significativo pero existencialmente aborrecible, como un insecto posado sobre algo muerto”.

Y ni hablar de las anécdotas y de las “experiencias de vida” que uno trae. Ni hablar de la sabiduría o de la “visión del mundo” que se acumula recorriendo la Tierra. Los contactos con los lugareños se reducen a unas pocas posibilidades. O bien te quieren vender algo, o bien (en el caso nuestro, de seudo-mochileros) es uno el que les pide favores. Los que te quieren vender algo, en realidad te desprecian. Te desprecian porque vos, y otros más como vos, arrogantes y estúpidos, vienen a arruinarles su lugar, a infectárselo, y porque, a pesar de esto y para colmo, están obligados a ubicarse en la posición hipócrita de vendedor/guía/anfitrión amable si quieren ganar unos pesos para vivir. Y, si venís como mochilero y no les comprás, como yo, te ignoran, porque no les interesa perder el tiempo, o te tienen miedo, porque intuyen que de alguna manera podés arruinarles su negocio. Ellos, sin saberlo, también fueron contaminados por la indignidad de los turistas. Ellos, por culpa de los turistas (y gracias a ellos, que en definitiva son los que les dan de comer), se volvieron más ruines todavía que sus huéspedes.

Vuelvo a leer: “existencialmente aborrecible, como un insecto posado sobre algo muerto”.

* El texto que leo es del ensayo «Hablemos de langostas», de David Foster Wallace.

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