Un post de actualidad literaria

En un artículo sobre Don Segundo Sombra, Lugones dice que la novela de Güiraldes “pertenece a la familia del Facundo y del Martín Fierro”. Más adelante agrega que “Don Segundo, como Martín Fierro, es el gaucho mismo. Representa en prosa lo que el otro en verso”. Lugones se exalta con la libertad y la hidalguía de los personajes de Güiraldes, gauchos que, en el dominio de un oficio y en la aceptación de su supuesta esencia y destino, revelan una especie de sabiduría popular que vendría a representar el ser argentino, o algo así.

El bigote de Lugones

Lugones se equivoca. Don Segundo Sombra es un libro malo. Es un libro cobarde, prejuicioso, autocomplaciente, narrativamente pobre y con un final que hace las veces de clímax de todo lo anterior. Martín Fierro, en cambio, es un gran libro.

Don Segundo Sombra narra la historia de un adolescente que está aburrido de su vida de pueblo y un día, tras ver la figura misteriosa de Don Segundo, se pega como un abrojo a él para iniciarse en la vida libre y valiente de gaucho. Con Sombra trabaja en arreos y se encuentra con una serie de personajes y situaciones típicos de la pampa: el trabajo, el baile, el juego, la riña de gallos, las historias de fantasmas, las peleas por mujeres. Narrativamente la novela no avanza, no hay conflicto y parece más bien una sumatoria de escenas, un inventario de costumbres gauchescas, algunas menos entretenidas que otras. Lo menos malo del libro son las partes que están en medio de las viñetas, donde los personajes simplemente caminan por la pampa, viajan como autómatas y soportan, como pueden, una naturaleza que los sacude y los maltrata. Lo demás (salvo quizás la escena del rodeo) es aburrido y lleno de lugares comunes, con el agravante de que Güiraldes está maravillado de todo lo que cuenta, lo cual le agrega patetismo a la cosa. Sobre todo, Güiraldes sufre de una especie de admiración patológica por Don Segundo, y el lector ve en cambio a un gaucho común y corriente con necedades y bajezas que no serían especialmente molestas si no fuera porque al narrador le parecen muestras viriles de una sabiduría milenaria y metafísica. Lo único que queda claro en el libro es que Güiraldes no tiene ni puta idea de qué es un gaucho, de cómo vive y de cómo siente. Lo suyo no son más que prejuicios románticamente burgueses sobre los valientes gauchos, que cuanto más lejos estén y cuanto menos molesten a los terratenientes, mejor.

Hernández y Fierro son lo opuesto a Güiraldes y Sombra, y por eso me gustan. No solamente son lo opuesto por el contenido político del libro, que es una denuncia sobre el sometimiento de gauchos e indios por parte de las elites, aunque sí, un poco también por esto. Es que, luego de leer a Hernández, se hace fastidiosa y casi grotesca la nula mención de Güiraldes a las condiciones sociales que mantienen a los gauchos en una realidad durísima y marginal. A Güiraldes parece que el no tener techo, el arriesgarse el cuero en cada rodeo y el perder en el juego las pocas monedas que se ganan los tipos por un trabajo durísimo, es casi el ideal de felicidad. Algo así como: explotemos más a estos gauchos, que a ellos les gusta. Cabe preguntarse por qué Güiraldes mismo no se va con los gauchos, si tanto le atraen. Cabe preguntarse también por qué, en ese final infame de la novela, el protagonista adolescente, una vez que descubre que es heredero de un latifundista, y luego de dudar sobre si acepta la fortuna o no, termina lanzándose a la comodidad del dinero en un gesto de suprema cobardía, contradiciendo todo su discurso anterior de amor a la libertad de la pampa y justificando burdamente la decisión en el hecho de que debe aceptar su destino.

En el Martín Fierro afortunadamente no hay nada de eso. Y si no lo hay es mucho menos por la conciencia y la valentía política que ya mencioné (que igualmente se aprecian), que por decisiones literarias. La clave, para mí, está en que Martín Fierro se escribe en primera persona. Hernández conoce lo que pasa en su país y, sabiéndolo y sabiéndose indignado, se arriesga a meterse en las venas del tipo oprimido. Al hacerlo, le da a Fierro una vitalidad que jamás llega a tener ningún personaje de Güiraldes (y menos que menos Don Segundo). Al identificarse con su protagonista, Hernández logra retratarlo sin complacencias ni falsas idealizaciones. Si el lector le perdona a Martín Fierro que sea supersticioso y pedante y provocador y ladrón y que cuando se emborracha mata al primero que encuentra, es porque no hay nadie que nos venga a decir que eso es la sabiduría. En todo caso, la sabiduría de Fierro la averiguamos nosotros, no nos la señala el autor con el dedo. Así, mientras que Güiraldes hace malabarismo para hacer pasar las necedades del gaucho por sabiduría, Hernández muestra su existencia de la forma más cruda. Cada uno luego saca sus conclusiones.

Pero darle la voz narrativa al gaucho tiene otra ventaja. En el libro de Hernández nos involucramos con el destino del tipo. Sabemos que desertó, que mató y que lo busca la policía. Sabemos que, más allá de su jactancia infantil (“yo soy toro en mi rodeo / y torazo en rodeo ajeno”, o peor, “ni la víbora me pica / ni quema mi frente el sol”), Fierro es una existencia frágil que perdió todo y que anda arrastrada por la pobreza y la violencia y la guerra. Su sabiduría, en todo caso, es la sabiduría de quien perdió todo y es consciente de su situación. Sabe quién es quién en el mundo y lo dice. Llama a las cosas por su nombre. Los lectores lo queremos y sufrimos con él por eso.

Don Segundo es una imagen lejana, casi un arquetipo (o mejor, un estereotipo), alguien a quien no podemos querer porque está demasiado lejos como para dejarse querer. Y para colmo el narrador adolescente (Güiraldes) tiene la vista nublada por la fascinación. De manera que no nos interesa ni el destino de Sombra ni el del protagonista, cuya única decisión relevante en todo el libro (más allá de algunas riñas por polleras) es la del final, donde, como ya dije, luego de toda una novela de aprendizaje de valentía y libertad, arruga y se hace terrateniente.


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