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Ayer leí de nuevo el comienzo de la novela (ejem) que estoy escribiendo y la verdad, sin pudor, es que me parece bueno. Así que lo copio acá, porque se me ocurre que podría muy bien servir como uno de esos ejercicios de «Sigue la historia» que daban las maestras de Lengua en la escuela. Acá va:

«Esto que les voy a contar se trata, como notarán desde un principio, de un largo problema con las mujeres, pero se trata también de un largo y complicado problema con los hombres, y, más todavía, de un problema espantoso con la soledad, con las metáforas, con las ciudades, con la vergüenza y el ridículo, conmigo mismo y con ciertos aspectos del mundo estéticamente repelentes y existencialmente despreciables. Tal vez por esto no sea casual que la acción transcurra mayormente en Mar del Plata, aunque yo viva en San Martín, partido de la provincia de Buenos Aires, Argentina, adyacente a la ciudad capital. San Martín es la Ciudad de la Tradición y la Capital de la Industria. Lo digo para que se entienda de dónde salí yo, de dónde salió esta relación y de dónde salió Gloria. Salió de entre las casas de ropa de oferta, las pollerías y los negocios de panchos. Salió de un chalet ubicado en medio de una santería y un puesto de medialunas. Salió del corazón mismo de una ciudad depravada, como un ejemplar rastrero de la humillante victoria (de ahí su nombre, cabe pensar) del Mal Gusto. Gloria fue mi novia y lo digo sin orgullo. Yo besé a Gloria. Yo tuve sexo con Gloria. Yo pasé dos meses y medio tratando de convencer a Gloria para tener ese sexo melindroso y servicial que abarató cualquier idea previa de alma y de amor, hasta la más austera. No, yo no estoy orgulloso y sin embargo sé que las cosas en este mundo son así, que estamos destinados a sobarnos y a sufrirnos los unos a los otros, que el miedo a la soledad es inaguantable como es inaguantable su atracción, y que tal vez todo esto es lo que quería descubrir cuando el 31 de enero de 2007, apenas convaleciente de una mononucleosis que borró diferencias entre mi cabeza y mi cuello y que a punto estuvo de reventarme el bazo, escuché pacientemente la puñalada oportunista de Gloria y en lugar de suplicarle que no me abandonara, como ya había hecho en varias oportunidades, acepté esta vez tranquila y hasta irónicamente su atormentado discurso final de que me dejaba porque ella, a pesar de que había hecho todo por salvarnos, se había cansado de que yo no fuera capaz de amarla. Cinco años pegándome contra la pared y el 31 de enero de 2007 me encontré sin la pared en donde pegarme. No voy a describir la conmoción, pero creo que cualquiera que haya pasado por algo así puede reconocer el poder afiebrado y delirante del dolor extremo, el narcótico primer día tras ser abandonado. Más aún si se arrastra de los días previos una enfermedad como la mía, que me trajo al menos dos semanas de temperaturas por encima de los treinta y nueve grados…»

Por supuesto, las 60 páginas que tengo escritas a continuación desmerecen por completo el comienzo tan esperanzador. En eso estamos trabajando.


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