Soy adicto a Internet y, como no lo quiero admitir, hago crítica cultural

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El otro día leí una nota que salió en todos los diarios de Internet donde Jonathan Franzen, un tipo que pertenece a lo que podría llamarse “escritores estadounidenses de prestigio”, hablaba de algo sobre lo que al parecer viene escribiendo en sus libros: el vacío de la época de Internet.

Franzen juntaba con muchísimo virtuosismo, en una sola entrevista, los prejuicios más arcaicos del verdulero de la esquina y los llevaba a un tono pretendidamente reflexivo e intelectual. Que Internet es un infierno consumista, que está lleno de basura, que los valores se perdieron con la fiebre exhibicionista de las redes sociales, que no queda lugar para la reflexión porque todo se dice en 140 caracteres, que Wikipedia está llena de errores, que la gente se acostumbró a tener todo ya y eso es malo para el espíritu, que los e-books son dañinos porque nos acostumbran a leer gratis, etcétera.

Franzen no es un viejo choto. Debe tener cuarenta y pico, cincuenta. Al parecer, no es de los que hablan sin saber manejar un mouse o de los que despotrican dictándole a su secretaria. Tampoco está claro hasta qué punto Franzen dijo lo que dijo o son frases sacadas de contexto por periodistas rancios. Lo cierto es que lo que acabó publicado es eso.

Busco una explicación y lo único que se me ocurre es que él, como tantos otros de su generación, aprendió a formarse una opinión viendo la tele y leyendo los diarios. Su crítica a Internet, entonces, es quizás una crítica a la idea que se hizo de Internet a través de los diarios y la tele, crítica que después es filtrada de nuevo por los mismos diarios y tele, a los que él les da entrevistas. Lo que queda al final son frases que pretenden hacerse pasar por crítica cultural, cuando lo que en verdad hacen es regalar la definición del nuevo contexto social a los intereses más rancios, al poder.

Aunque hago lo posible, me cuesta entender por qué esta gente mezquina e inútil, cuando encuentra un error en Wikipedia, no lo corrige en lugar de hacer comentarios venenosos, y tampoco entiendo por qué esta gente quedada y tramposa no puede ir más allá de Google, Amazon y Facebook para encontrarse con una multitud de sitios, redes y comunidades que generan infraestructuras y conocimiento para la economía social, y sigo sin entender por qué comprar mil quinientos libros de papel y meterlos en una biblioteca privada es menos consumista que bajárselos a todos gratis de Internet y compartirlos con otras personas, y mucho menos entiendo qué tiene de malo querer tener ya lo que es posible tener ya, todo lo cual me lleva a pensar que esta clase de personas (ya sean verduleros o escritores), lejos de hacer una crítica cultural de Internet, lo que quizás están haciendo es sacar afuera sus miedos y neurosis, que mal que les pese no tienen por qué ser los miedos y neurosis de los demás; al fin y al cabo, cuando dicen que todo lo que hay en Internet es basura, lo que parecen estar diciendo es que son ellos los que no saben o no quieren buscar, o cuando desprecian todo lo que significa Internet por el supuesto exhibicionismo irracional de algunos pendejos, lo que aflora es que a ellos mismos les fascina ese exhibicionismo y no pueden ver más allá. Quizás Franzen y otros tipos como él debieran admitir que tienen miedo a Internet, o que su relación con Internet es problemática, en lugar de repetir generalizaciones que hacen tanto daño. Solamente si admiten su relación problemática con Internet van a poder hacer una verdadera crítica cultural, van a poder decir algo que valga la pena. De lo contrario, van a seguir dando a entender que la realidad de antes (esa de la tele, de los diarios, de las editoriales) era mejor. Y puede que lo haya sido en algunos sentidos, pero de lo que estoy seguro es de que hoy sería espantoso volver atrás. Negarle posibilidades revolucionarias al espacio de Internet es decretar el fin de la Historia, es gritar “cerrá y vamos”. Reducir Internet a un mero instrumento del capital, a algo banal y estupidizante, y por tanto negar el esfuerzo que tanta gente hace desde acá por cambiar las relaciones de poder político y económico, es ponerle un candado a cualquier futuro deseable.

Y esto no significa que no tengamos que denunciar las tecnoutopías corporativas donde todo se puede comprar y vender, donde reina el control absoluto sobre los cuerpos y sobre los deseos. Se trata de otra cosa. La única actitud ética hoy es reconocer a Internet como un verdadero espacio social, tomarse en serio a los hiperconsumistas, hiperexhibicionistas e hiperboludos que la poblamos, deconstruir los discursos del poder sobre Internet (el de Franzen es uno de ellos) y propiciar, de todos los modos posibles, la revuelta.


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