Sobre música y esclavitud

En sus diarios de viaje, Sarmiento narra la esclavitud (la esclavatura). Cuando llega a Río de Janeiro, después de haber partido de Valparaíso, cruzado por el Cabo de Hornos y visitado Montevideo, encuentra cuadrillas de esclavos trabajando en condiciones brutales por toda la ciudad. Como otros liberales de su época, escribe en contra del régimen esclavista. Lo considera un signo de barbarie, una muestra de decrepitud de la herencia despótica portuguesa.

Poco después nota algo que le llama la atención. Advierte que los esclavos tienen una relación vital con la música. Una mañana, entredormido, le llega una melodía lejana. Son los cantos de los esclavos africanos que llevan la carga, como «mulas humanas», bajo el comando de capataces que hacen sonar campanillas. Sarmiento deduce que el esclavo «canta para animarse con el compás de su voz; al oirla en coro con la de los que le preceden i le siguen, se siente hombre todavía i prevé que hai un término próximo a su fatiga, el muelle donde las naves cargan, i un fin lejano, la muerte que cura todos los dolores.»

Unos días más tarde, es testigo de otra escena. Un esclavo, bajo una carga inhumana, está a punto de desvanecerse. Cuando otro esclavo lo advierte, corre hasta él y le canta al oído. Entonces el que estaba exhausto responde al canto y empieza una conversación de melodías que se van acompasando hasta que el hombre que estaba vencido se recobra y sigue la marcha con vigor.

Sarmiento, como muchos otros antes y después, atribuye a la africanidad esta fuerza, este vínculo particular de los esclavos con la música:

(…) en los palmeros donde solo escuchamos nosotros murmullos del viento, distinguen los africanos cantos melodiosos, ritmos que se asemejan a los suyos.

Lo asocia con el clima tropical, con el ruido de la selva, que de alguna manera se metería en el cuerpo de los africanos:

Hai en la naturaleza tropical melodías inapercibibles para nuestros oidos, pero que conmueven las fibras de los aboríjenes.

Esta idea, que explica los caracteres culturales a partir de la raza o de la geografía, es la más visible en el libro y quizás la menos interesante.

Pero en el propio Sarmiento encontramos otra posible explicación, más fértil. Él observa que el canto no solo ocurre en las cuadrillas de carga, sino también en los remos:

Cuando los remeros esclavos han bogado dos horas i por sobre sus anchas espaldas corre a mares el sudor, i sus ojos hundidos brillan con luz taciturna, míranse entre sí, i prorrumpen en un canto con palabras intelijibles cual ensalmos dirijidos al fetiche. El golpe de los remos mide el compás, i algunos minutos después, el lijero esquife hiende las olas como arrebatado por una corriente irresistible.

Podríamos pensar también en otras escenas de canto: el fregar de las lavanderas en los arroyos, o el entrenamiento militar de los conscriptos. En toda situación donde el trabajo físico repetitivo demuele el cuerpo y quiebra la paciencia, aparece la música, que tiene una doble cara: por un lado, es lo que salva a la persona esclavizada de caer vencida, pero por otro lado es lo que, empleado utilitariamente, permite al explotador aumentar la producción de sus esclavos. Esto lo advierte Sarmiento así:

El entusiasmo es la calidad mas dominante en el negro i el amo avaro para escitarlo, hace que su recua cante, a fin de hacerla dar la última partícula de acción i de trabajo.

Los esclavos cantan para no morir trabajando, para soportar lo que no soportarían de otro modo. Pero los esclavos africanos en América no solo se vuelven esclavos al ser secuestrados y traficados, sino que, además, sus hijos nacen esclavos. Estos niños oyen desde la infancia el canto de los suyos. Aquello que para los mayores es el señuelo espiritual que les permite llegar al final del día, en los niños se vuelve parte de su temperamento. Lo que Sarmiento ve en estos jóvenes, entonces, es una predisposición a «sentir la música» como no la encuentra ni siquiera en los cantantes de ópera. Una manera de vibrar, como si las notas se metiesen en el organismo y moldearan la forma de los músculos y la elasticidad de los tendones.

No es de extrañar entonces que los mulatos, que también son hijos de esclavas, y que son criados en la misma música de sus hermanos esclavos, pero tienen más libertades para estudiar y ejercer una profesión, empiecen a destacarse en Brasil como artistas y músicos. Sarmiento, que es agudo al advertir el conflicto de clase, y que subraya el miedo de las elites blancas por la amenaza que representa el mulato de «vengar bien pronto las injurias hechas a su tostada madre», da sin embargo una explicación pobre de la preeminencia artística de la nueva clase. Interpreta que se trata del milagro de la fusión entre los genes musicales africanos y los genes europeos de la inteligencia. No puede ver que la cultura está moldeada por las condiciones históricas y materiales de la sociedad.

Pasa el tiempo, Sarmiento deja Río de Janeiro, cruza el Atlántico, atraviesa Francia y España. Cuando llega a Argelia, la experiencia brasileña ya quedó un año atrás, y falta otro año para que vuelva a encontrarse con esclavos africanos en el sur de los Estados Unidos. Sarmiento recorre el desierto argelino, llega a una tienda, comparte la vida con los hombres del lugar. Le llama la atención que las mujeres no aparecen, son invisibles. De repente, escucha

un rumor estraño de voces humanas, con cierta cadencia acompasada que me traia a la memoria la reminiscencia de algo parecido que habia debido oir no sé donde.

Se asoma a otra parte de la tienda y ve entonces por primera vez a las mujeres, en un ritual que no llega a entender. Alguien le explica: están llorando el apresamiento de un familiar por el ejército de ocupación francés. Pero no lloran como él conoce que la gente llora: «En lugar de llantos descompasados, se oia el canto lúgubre de oraciones recitadas cadenciosamente». Lo embarga un sentimiento de misterio y de respeto, raro en él, que deplora la cultura musulmana. Se interesa por esas mujeres y se acerca a ellas, pero no llega a establecer un vínculo.

En las ciudades de Argel y Orán, las mujeres también son invisibles, envueltas en mantos y velos. Los velos son marcas de opresión que Sarmiento ya conoce de la tradición cristiana, y por eso su atención se centra en otro detalle: «el adorno principal son unos grilletes de plata en los tobillos, tan gruesos como los de hierro de nuestras prisiones».

Por eso, es casi inevitable la conclusión a la que llega más tarde:

Después, refleccionando, he recordado que [lo que el canto de las mujeres le trajo a la memoria] era el canto plañidero con que las recuas de negros en el Brasil se acompañan i animan al trabajo.

Presas de la doble opresión, ejercida por los hombres de sus familias y por el ejército francés, ellas cantan, como sus hermanos africanos, para seguir viviendo.


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