Una selección de exclamaciones en el Facundo de Sarmiento

La exaltación, la hipérbole, la antítesis, son las marcas de Sarmiento a lo largo de toda su obra. A modo de experimento, me propuse volver al Facundo y leer únicamente las frases y párrafos que están entre signos de exclamación. Los recopilé, excluí aquellos que pierden eficacia fuera de su contexto, y llegué al resultado que pueden ver en este post: un Sarmiento concentrado y aumentado, un bestiario de sus recursos más salvajes. Que lo disfruten:

«¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo!»

«¡las dificultades se vencen, las contradicciones se acaban a fuerza de contradecirlas!»

«¡Sería bueno proponerle a la Inglaterra, por ver, no más, cuántas varas de lienzo y cuántas piezas de muselina daría por poseer estas llanuras de Buenos Aires!»

«¡Ay del pueblo que no tiene fe en sí mismo! ¡Para ése no se han hecho las grandes cosas!»

«¡La soledad, el peligro, el salvaje, la muerte!»

«¡No es posible mantener la tranquilidad de espíritu necesaria para investigar la verdad histórica cuando se tropieza, a cada paso, con la idea de que ha podido engañarse a la América y a la Europa, tanto tiempo, con un sistema de asesinatos y crueldades, tolerables tan sólo en Ashanty y Dahomai, en el interior de África!»

«¡Otra emigración ha salido, para no volver, en 1840!»

«¡Los miserables aldeanos que hoy deshonran la Sala de Representantes de San Juan —en cuyo recinto se oyeron oraciones tan elocuentes y pensamientos tan elevados—, que sacudan el polvo de las actas de aquellos tiempos y huyan avergonzados de estar profanando con sus diatribas aquel augusto santuario!»

«¡desgraciado el que entrase a competir con él!» [con Facundo]

«¡Cuántas páginas omito! ¡Cuántas iniquidades comprobadas, y de todos sabidas, callo!»

«¡Imbéciles!: ¿no veis que se está disciplinando la ciudad?… ¿No recordáis que Rosas decía a Quiroga que no era posible constituir la República porque no había costumbres? ¡Es que está acostumbrando a la ciudad a ser gobernada!: ¡él concluirá la obra, y en 1844 podrá presentar al mundo un pueblo que no tiene sino un pensamiento, una opinión, una voz, un entusiasmo sin límites por la persona y por la voluntad de Rosas! ¡Ahora sí que se puede constituir una República!»

«¡Ah!»

«¡El juego! Facundo tenía la rabia del juego, como otros la de los licores, como otros la del rapé.»

«¡La reacción acaudillada por Facundo y aprovechada por Rosas se simboliza en una cinta colorada, que dice: ¡terror, sangre, barbarie!» [El uso caótico de los signos de exclamación está en el original]

«¡Qué!»

«Si alguna señorita se olvidaba del moño colorado, la Policía le pegaba gratis uno en la cabeza ¡con brea derretida! ¡Así se ha conseguido uniformar la opinión! ¡Preguntad en toda la República Argentina si hay uno que no sostenga y crea ser federal…!»

«¡Y éste era el pueblo que rendía a once mil ingleses en las calles y mandaba, después, cinco ejércitos por el continente americano a caza de españoles!»

«¡No os riáis, pues, pueblos hispanoamericanos, al ver tanta degradación! ¡Mirad que sois españoles, y la Inquisición educó así a la España! Esta enfermedad la traemos en la sangre.»

«¡No!»

«¡qué podrá hacer Paz!»

«¡Nada!»

«¡Oh!»

«¡todo inútil!»

«¡Inútil!»

«¡Pobre general Paz! ¡Gloriaos en medio de vuestros repetidos contratiempos! ¡Con vos andan los penates de la República Argentina! Todavía el destino no ha decidido entre vos y Rosas, entre la ciudad y la pampa, entre la banda celeste y la cinta colorada. ¡Tenéis la única cualidad de espíritu que vence, al fin, la resistencia de la materia bruta, la que hizo el poder de los mártires! Tenéis fe. ¡Nunca habéis dudado! ¡La fe os salvará y en vos confía la civilización!»

«¡Quién sabe si la Providencia, que tiene en sus manos la suerte de los Estados, ha querido guardar este hombre [Paz], que tantas veces ha escapado a la destrucción, para volver a reconstruir la República, bajo el imperio de las leyes que permiten la libertad sin la licencia y que hacen inútil el terror y las violencias que los estúpidos necesitan para mandar!»

«¿Temía Quiroga? ¡Oh, sí, temía en este momento!»

«¡Pero, por Dios! ¡No asustéis nunca a los terroristas! ¡Ay de los pueblos desde que el conflicto pasa! ¡Entonces son las matanzas de septiembre y la exposición en el mercado de pirámides de cabezas humanas!»

«¡Gloria eterna del espíritu unitario, de ciudad y de civilización! ¡Mendoza, a su impulso, se ha anticipado a toda la América española, en la explotación en grande de esta rica industria! ¡Pedidle al espíritu de Facundo y de Rosas una sola gota de interés por el bien público, la dedicación a algún objeto de utilidad; torcedlo y exprimidlo, y sólo destilará sangre y crímenes!»

«¡Ah! ¡Cuántas glorias arrastradas así por el lodo! ¡Don Juan Manuel Rosas hacía matar del mismo modo y casi al mismo tiempo, en San Nicolás de los Arroyos, veintiocho oficiales, fuera de ciento y más que habían perecido oscuramente! ¡Chacabuco, Maipú, Junín, Ayacucho, Ituzaingó! ¡Por qué han sido tus laureles una maldición para todos los que los llevaron!»

«¡Rosas!, ¡Rosas!, ¡Rosas!, ¡me prosterno y humillo ante tu poderosa inteligencia! ¡Sois grande como el Plata, como los Andes! ¡Sólo tú has comprendido cuán despreciable es la especie humana, sus libertades, su ciencia y su orgullo! ¡Pisoteadla!; ¡que todos los gobiernos del mundo civilizado te acatarán, a medida que seas más insolente! ¡Pisoteadla!; ¡que no te faltarán perros fieles que, recogiendo el mendrugo que les tiras, vayan a derramar su sangre en los campos de batalla o a ostentar en el pecho vuestra marca colorada por todas las capitales americanas! ¡Pisoteadla!, ¡oh!, ¡sí: pisoteadla!…»

«¡Cuánto tiempo perdido desde 1825 hasta 1845! ¡Cuánto tiempo más aún, hasta que Dios sea servido ahogar el monstruo de la Pampa!»

«¡Un trapo colorado! A esto ha estado reducida la solicitud del Gobierno durante quince años; ésta es la única medida de administración nacional, el único punto de contacto entre el amo y el siervo: ¡marcar el ganado!»

«¡¡¡Barranca-Yaco!!!»

«¡Pobre Buenos Aires, tan candorosa, tan engreída con sus instituciones! ¡Un año más, y seréis tratada con más brutalidad de la que fue tratado el interior por Quiroga!»

«¡Caballos! ¡Caballos!»

«¡Caballos necesito!»

«¡Caballos!»

«¡Qué instructiva es la Historia! ¡Cómo se repite a cada rato!…»

«¡Bárbaro! ¡Es la ciudad, que trata de salvarse de no ser convertida en pampa, si abandona la educación que la liga al mundo civilizado!»

«¡Ah, corazones de piedra! ¡Nos preguntaréis todavía por qué combatimos!»

«¡Insensato! ¿Qué es lo que has hecho?»

«¡Qué Estado americano se ha visto condenado, como Rosas, a redactar, en tres idiomas, sus disculpas oficiales para responder a la prensa de todas las naciones, americanas y europeas, a un tiempo!»

«¡Cuántos resultados no van, pues, a cosechar esos pueblos argentinos desde el día, no remoto ya, en que la sangre derramada ahogue al tirano! ¡Cuántas lecciones! ¡Cuánta experiencia adquirida! ¡Nuestra educación política está consumada!»

«¡Mazorca!, ¡Rosas!»

«¡Cuántas veces este furibundo, que tantos millares de víctimas ha sacrificado inútilmente, se habrá mordido y ensangrentado los labios de cólera al recordar que lo ha tenido preso diez años y no lo ha muerto, a ese mismo manco boleado que hoy se prepara a castigar sus crímenes!»

«¡Proteja Dios tus armas, honrado general Paz! ¡Si salvas la República, nunca hubo gloria como la tuya! ¡Si sucumbes, ninguna maldición te seguirá a la tumba! ¡Los pueblos se asociarán a tu causa o deplorarán, más tarde, su ceguedad o su envilecimiento!»

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