Colección de insultos a Alberdi en Las ciento y una de Sarmiento

«Allá el cañón, Alberdi, aquí la pluma; allá la pólvora, aquí la tinta. ¡Combatamos como argentinos!», dice Sarmiento famosamente en Las ciento y una para justificar su escritura de guerra. Como un compadrito, deplora la precaución que toma Alberdi al cuidar los modales en la polémica que ambos mantienen en 1853 sobre Urquiza, el rol de los intelectuales y el futuro de la Argentina. Pueden leer más sobre la estrategia polémica de Sarmiento en este ensayo notable de Julio Schvartzman.

Desde hace tiempo tengo ganas de continuar la investigación que Borges inició en su «Arte de injuriar». Recopilar ejemplos, ordenar y sistematizar vituperios es un paso necesario para esa tarea.

Lo que les traigo hoy persigue este objetivo. Se trata de una recopilación de los insultos que Sarmiento le dedica a Alberdi en Las ciento y una, y una muestra de cómo cobran vida en algunos párrafos. Puede leerse como el mapa de una constelación posible de la injuria, entre muchas otras, o como una forma de medir la imaginación de Sarmiento para el agravio.

En primer lugar, copio una lista no del todo ordenada de insultos. Algunos se repiten con abundancia, y es en su propia repetición y en las sutiles variaciones donde adquieren su carácter ultrajante. Pero vamos, ahora sí, a la lista:

doctor
doctorcito
ciencia andando
abogado
abogadillo
abogado con el derecho incuestionable de fugarse de una plaza sitiada
abogado-periodista
periodista-abogado
periodista
periodista-diplomático
periodista de alquiler
escritor de periodiquines
charlatán
charlatán mal criado
sofista
insolente deslenguado
truchimán
tuno
tunante
alma muerta
reo
hipócrita
perro de todas las bodas
perro
pillo
pillito
camaleón
ratoncito
farsante
falsificador
traficante
embaucador
hábil ladrón
veleta que tiene una conciencia de las cosas para cada día
saltimbanqui (muy serio, es verdad; pero saltimbanqui)
mentiroso por hábito
tonto estúpido, que no sabe medirse en las mentiras, que no sospecha que causa náuseas
gazmoño
majadero
necio
botarate
botarate insignificante
esponja de limpiar muebles
compositor de minuetes
templador de pianos
saca-callos sublime
raquítico
jorobado de la civilización
escuálido
gorgojito
alma y cara de conejo
enclenque
enfermizo
entecado
eunuco
perverso
magnetizador
alucinador
Roberto Macaire de las letras
rico avariento
homme entretenue
mujer
vieja solterona a caza de maridos
desertor
despensero
mayordomo
miserable
gato

Los núcleos que se pueden identificar son, como siempre en estos casos, poco sofisticados: la descalificación profesional, la acusación de farsante e hipócrita, de intelectual vendido, de insignificante, de miedoso y débil.

La misoginia no falta. Para señalar la debilidad de Alberdi, le dice que tiene voz de mujer; para acusarlo de que pone su opinión al servicio de quien le pague, le inventa el término «homme entretenue» por asociación con femme entretenue (eufemismo de prostituta); para reprocharle que desvía el tema principal de la discusión, le censura las «paparruchas de vieja solterona a caza de maridos».

Más allá de los insultos directos, también habla de «las salpicaduras de su baba atrabiliaria», se refiere a las cartas quillotanas como «su libreto de ópera» (burlándose, al mismo tiempo, de la pasada profesión de músico de Alberdi), le reprocha su «letra infernal, ininteligible» que atribuye a la mala educación y al egoísmo, se burla de «sus disposiciones innatas a la superchería», o le dice que anda «alquilando de la manera más cínica su conciencia, su opinión, sus sentimientos».

La glorificación sarcástica sirve para atacar el lugar de intelectual que Alberdi reclama para sí: «El SABIO Alberdi, el HONESTO Alberdi, el millonario Alberdi, el CIRCUNSPECTO Alberdi, el LEAL Alberdi, el ABOGADO (eminente, se entiende) Alberdi.»

A veces, en cambio, apela a acusaciones directas, llanas: «Usted, como todos, me cree honrado. No lo creo así yo a usted (hablo en política); no lo creen una gran parte de sus compatriotas y no se cree usted tampoco, Alberdi.» Otro ejemplo: «Fui de los primeros que me presenté con mi rifle en el lugar del combate, por la misma razón que Alberdi se fugó de Montevideo, a saber: porque cada uno es dueño de su pellejo.»

Sarmiento busca reforzar la caracterización de desertor: «Cuando llegó la guerra a Montevideo, guerra que usted había provocado y defendido como periodista, fue usted el primero en fugarse» (…) «Pero por abogado o por enclenque que sea usted, no se deserta de la pasiva: no hay derecho para eso.»

Cuando el texto ya pasó por todos los lugares de la vituperación, el mismo nombre de Alberdi se transforma en insulto: «¡Qué Alberdi tan Alberdi!»

Si bien el trazo es siempre grueso, de vez en cuando queda lugar para la ironía y el divertimento. Por ejemplo: «Usted convendrá, sin duda, en que su Memoria de 1844 no es muy conocida en la República Argentina, acaso que es poco conocida, y, si se apura mucho, que no es conocida absolutamente.»

Sigamos viendo cómo cobran vida y se ponen en acción los escarnios. Seguramente uno de los párrafos más concentrados es este:

«¡Y no ha habido en Valparaíso un hombre de los que pertenecen a la multitud de frac que le saque los calzones a ese raquítico, jorobado de la civilización y le ponga polleras; pues el chiripá, que es lo que lucha con el frac, le sentaría mal a ese entecado que no sabe montar a caballo; abate por sus modales; saltimbanqui por sus pases magnéticos; mujer por la voz; conejo por el miedo; eunuco por sus aspiraciones políticas; federal-unitario, ecléctico-panteísta, periodista-abogado, conservador-demagogo, y enviado plenipotenciario de la República Argentina, la viril, la noble, la grande hasta en sus desaciertos!»

Otro: «¡Y dos meses de contradicción asidua, de retiro silencioso en lugares apartados, ha empleado Alberdi en urdir, para regalo de sus candorosos paniaguados, esta telaraña, humedecida con la baba de la envidia hipócrita, de la rabia astuta, de la codicia sórdida, de la ambición rastrera! ¡Alberdi, Alberdi!»

La exclamación final recuerda al «¡Rosas! ¡Rosas!» del Facundo.

Las exclamaciones retóricas se repiten. En otro lugar, son usadas para darle a Las ciento y una la eficacia de una condena:

«La hora de la justicia ha llegado. ¡Reo Alberdi! ¡Periodista Alberdi! ¡Abogado-periodista! de rodillas, pour, étant à genoux, être blâmé, y oír la lectura de su condenación.»

Vale la pena incluir un par de pasajes sobre la corrupción intelectual de Alberdi:

«Hay un hombre en la tierra que se compromete por un pacto a pedir a un gobierno que le ordene cómo deben su inteligencia propia, cómo su conciencia de lo justo y de lo injusto, cómo sus simpatías y su corazón, juzgar, creer, aficionarse, sentir en TODA cuestión.»

«Ha vendido usted no sólo renglones, que es mercadería noble: ha vendido usted su alma, su conciencia, su razón, sus simpatías, por plata, por poca plata, por poquísima plata, desde 1847 hasta 1849, en un contrato público de compraventa; doy tanto y recibo tanto; y doy en ideas, en pensamiento, en juicios, en simpatías escritas por la prensa, en el sentido que me las pidan.»

Y otro fragmento que busca explicar esta corrupción por su debilidad innata:

«Alberdi, hombre gastado por las contrariedades de la vida, de constitución enfermiza, lo que da a su espíritu ese egoísmo y frialdad que lleva a explotar la primera coyuntura que se le presenta a la mano, temeroso de que la vida se le escape y no haya tenido tiempo de saborearla.»

Llegado un momento de la polémica, Sarmiento se ensaña y parece divertido con el ensañamiento. La cuarta carta de Las ciento y una tiene como epígrafe «Sigue la danza», y peor todavía, más abajo, un segundo epígrafe: «Baila Alberdi», en lo que parece un desafío a seguir el duelo una vez que ambos están «metidos en el baile», pero que, si optamos por una interpretación más macabra, remite a hacer bailar a Alberdi como los federales hacían bailar la refalosa a sus enemigos.

Hay otros toques de ironía gruesa, como cuando, para descalificar una afirmación que hace Alberdi, le dice: «Excelente la broma, Alberdi», o cuando, para burlarse de la defensa que hace Alberdi de su desinterés por el dinero, le dice: «Vaya que es derrochador el mocito». Expresiones coloquiales de desprecio como esta aparecen varias veces, como cuando dice que «si Buenos Aires triunfa [la guerra], empleo y empleado [Alberdi] van a freír monos».

Para terminar, y volviendo al criterio que, como señalé al principio, justifica la tormenta de injurias, así es como Sarmiento entiende el asunto:

«Notará usted que hay diferencia entre este lenguaje brusco y de soldado, improvisado en el calor de la indignación, y las melifluas perífrasis, difamaciones oblicuas, que usted ha rumiado, estudiado, corregido y empapado en sutil e imperceptible ácido prúsico en sesenta días de recogimiento y meditación en Quillota.» (…) «Usted ha dicho, como abogado: diré de un hombre cuanto pueda dañarle en su honra como hombre público, escritor, militar, educacionista, a fin de inutilizarlo para hombre de estado; pero me pondré a cubierto de un juicio de imprenta y dejaré contento al lector con la sagacidad y tino del ataque. Yo me he dicho otra cosa: castigaré a un perverso; le probaré sus falsías, y responderé ante Dios y los hombres de mis faltas, que un hombre está obligado a dar cuenta de cada uno de sus actos.» (…) «Si la cosa le parece ilegal, puede usted llevarla ante los tribunales , con la ventaja que yo no soy abogado, y usted lo es.»

Un hombre en el exilio, sin miedo a la guerra y sin miedo a los tribunales, puede escribir lo que quiera. Y, si además es hábil con la palabra, puede usarla a su antojo para causar incluso dolor físico:

«Pero yo tengo muchas plumas en mi tintero. Téngola terrible, justiciera, para los malvados poderosos como Aldao, Quiroga, Rosas y otros; téngola encomiástica para los hombres honrados como Fúnes, Balmaceda, Lamas, Alsina, Paz y otros; téngola severa, lógica, circunspecta para discutir con Bello, Piñero, Carril y otros; téngola burlona para los tontos; pero para los que a sabiendas disfrazan la verdad, para los sofistas, para los hipócritas, no tengo pluma: tengo un LÁTIGO, y uso de él sin piedad, porque para ellos no hay otro freno que el dolor, pues que vergüenza no tienen cuando apelan a esos medios de dañar.»

Deja una respuesta