Las izquierdas de hoy (2)

Atormentado por el tema que comenté en el post anterior, me hallaba en una nube de confusión, hasta que Mariana me hizo llegar un texto de Enrique Martínez, ingeniero del INTI, llamado «Produzco lo que consumo. La atención de las necesidades básicas como motor de desarrollo«. Este texto, que habla de la necesidad de considerar el acceso al alimento como un derecho, y por lo tanto algo no sometido al mercado, plantea una visión de desarrollo muy interesante, que es abiertamente formulada en otro texto del mismo autor: Qué es bueno, qué es mejor. La medida del progreso en economía
La idea del texto es cuestionar la concepción de que el PBI es la medida del desarrollo. Si tomamos al PBI como índice del desarrollo y como meta de un país, vamos a tender a hacer cosas tales como arancelar las universidades, eliminar a los agricultores de subsistencia, cobrar por el acceso a la salud, y, sobre todo, a destruir el ambiente. El autor propone, entonces, modificar la construcción del índice, pero no sólo eso, sino también incluirlo dentro de un triángulo más abarcativo, que incluya tres patas que midan:
1) La actividad económica.
2) La injusticia distributiva (en términos absolutos, es decir, la cantidad de personas pobres, y de forma localizada, es decir, adónde están) .
3) La sustentabilidad (a través de un índice construido teniendo en cuenta la Biocapacidad menos la Huella ecológica).

La justificación teórica de Martínez es arrolladora. Destruye los argumentos de los liberales que defienden la teoría del crecimiento económico infinito y el derrame. A la vez, enmarca el problema del medio ambiente y de la justicia social dentro de una perspectiva económica (y no simplemente de ética voluntarista, como algunos grupos políticos o ecologistas).

En definitiva, el crecimiento del PBI no es medida de desarrollo. Tampoco lo es un buen coeficiente Gini, ni un bajo nivel de pobreza por sí solo. En todo caso, el desarrollo es algo así como qué tanto satisfacemos las necesidades de la gente, de forma más o menos equitativa y justa, y sin comprometer (a través de la destrucción ambiental) los recursos de que dispone la sociedad. Al menos así lo entendí. Al menos así me gustaría que fuera.

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Las izquierdas de hoy

Hay algo del pensamiento de izquierda que me confunde. Es que noto que hay dos clases de pensamiento de izquierda. Por un lado, leo muchas veces en Página 12 a economistas como Zaiat que hablan de que lo mejor para un país como Argentina es estimular el consumo interno, cosa que va a reducir el desempleo, impulsar la producción nacional y el crecimiento económico y, por ende, aumentar la recaudación fiscal, lo cual permitirá que un gobierno desarrollista pueda implementar medidas sociales.
Por otro lado, veo documentales como éste (que obviamente también son de izquierda) que hablan de que uno de los problemas fundamentales de nuestra sociedad es que estimula absurdamente la extracción salvaje de recursos, el consumo alocado y la producción de desechos. Este pensamiento llama a un consumo más responsable y moderado, que hará de nuestro mundo un lugar sustentable, pero que, desde la perspectiva de los economistas anteriores, haría seguramente que se detenga el crecimiento económico, que suba el desempleo y que, por lo tanto, haya más pobres e indigentes y miseria.
Es decir que, por lo poco que entiendo del tema, ser de izquierda hoy es una encrucijada sin solución. Si queremos eliminar la pobreza, no hay, bajo el sistema de producción actual, ninguna opción más que estimular urgentemente el consumo. Y si queremos tener un mundo habitable, donde no haya desplazados ambientales (que son siempre los más pobres) ni catástrofes ecológicas, es necesario reducir urgentemente el consumo.
Entonces me pregunto: ¿Debo alegrarme cuando Zaiat muestra y analiza los datos de crecimiento económico, e incluso brinda ideas para que haya todavía más y más crecimiento? ¿Debo pensar que eso va a solucionar los problemas de la gente? ¿O debo pensar que todo ese discurso es una gran mierda y que acá, con los recursos actuales y la producción actual, sin crecimiento económico y con una distribución justa (pero justa en serio), esto se soluciona?

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El porno amateur y el arte

El porno amateur es esencialmente distinto del porno industrial. Por momentos, el porno amateur logra inquietar, perturbar, revelar cuestiones profundas. En el porno amateur, al igual que en el arte, hay drama. Quizás por eso tiene tanto éxito.

Un solo ejemplo. Una partuza. En un video porno industrial, diez personas cogen, todos contra todos, cubriendo el abanico de agujeros posibles. En un video amateur, dos personas están cogiendo en un living. Una persona enciende la cámara de su celular y empieza a filmarlas. Los que cogen miran alternativamente a la cámara y a otro lugar, a donde enseguida gira la cámara, que ahora muestra a otras ocho personas, algunas riéndose, señalando, gritando y festejando, otras simplemente sonrientes, atentas, con un vaso de whisky, y un poco más lejos, un chico solo, callado, incómodo… Ahí ya hay un drama. Hay una historia, una espesura psicológica, motivaciones, deseos, inhibiciones. ¿No es un poco de eso que trata el arte?

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De por qué no me casaría con una mujer y sí con un hombre

Porque el matrimonio de siempre carga en su historia el tufo de la esclavitud y de la opresión y del sufrimiento. Y porque el matrimonio gay llega con todos los aires de la igualdad y de la libertad.

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El instinto de muerte

Según Freud, existe en la vida orgánica una compulsión inherente por restaurar un estado anterior de cosas (es decir, el estado inorgánico) que la materia viviente fue obligada a abandonar bajo la presión de fuerzas exteriores perturbadoras. Esta tendencia regresiva sería una expresión de la inercia en la vida orgánica. Freud se anima a la siguiente explicación hipotética: en la época en que la vida se originó en la materia inorgánica, se generó una tensión de la que el organismo recién nacido procuró aliviarse regresando a la condición inorgánica. En el primer estado de la vida orgánica, morir era muy fácil. Los chispazos de vida se apagaban tan pronto como aparecían. Pero gradualmente, influjos externos (relacionados con la historia geológica de la Tierra) obligaron al organismo a tomar caminos más largos y complicados hacia la muerte.

Resumiendo, el ente vive una tensión irremediable a partir del nacimiento del estado orgánico. Experimenta que la vida es menos satisfactoria, más dolorosa, que el estado precedente y trata de aliviar el trauma de la vida mediante la regresión.

Es decir, habría algo así como un «deseo» de la materia en su conjunto, no solo de la materia viva sino también de la inorgánica. Y además habría una continuidad y una no diferencia esencial entre lo orgánico y lo inorgánico, que es lo mismo que decir entre las rocas y cada uno de nosotros.

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El proceso de escritura

Quiero decir algo. Busco entre mis vivencias aquellas que me permiten decirlo. Las escribo. Luego me doy cuenta de que algunas vivencias se repiten, se anulan o no tienen la fuerza expresiva suficiente. Borro entonces lo que es redundante, reescribo lo que no tiene fuerza. En esa reescritura, los hechos reales se deforman. Pero de todos modos digo la verdad, porque los cambios son solamente para comunicar mejor aquello que quería decir al principio. Al deformar los hechos no me traiciono, sino que me soy más fiel. Digo una verdad más profunda que la de la realidad.

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Mariano Llinás: el Orson Welles de la Pampa

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¿Qué es lo frívolo? ¿Qué es lo esencial?

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